Es libre pensar


Ensayo sobre la individualidad y la alteridad en la ciudad

Posted in General por Federico Esswein en 14 diciembre 2009
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Entrar en la casa de unos desconocidos se siente, siempre, extraño. Una tensión corre dentro, una incomodidad por estar en territorio y con gente que nos es ajena, con la que no compartimos intimidad. Me resulta interesante ver cómo operaciones cotidianas juegan sobre nuestra psicología y nos alertan sobre la alteridad y nos predisponen cómodos ante la intimidad; aquellas operaciones pueden, a su vez, tener rasgos sociales y a la vez pueden, y esta es mi hipótesis, tener una correlación fundamental con el tipo de vida en la ciudad.

I. ‘Ómnibus’ (1951) de Cortázar, manifiesto del miedo urbano

Una situación que nace como cotidiana, es que lo era, hasta que el entrar en un ómnibus se transforma en una paranoia injustificable, al punto que el lector no tiene indicios para saber si se trata de un estado momentáneo de locura de los protagonistas o si es un evento que se está desarrollando realmente. Al mismo tiempo, ese marco de desconocimiento no está únicamente presente en el lector, también en la perspectiva de los mismos personajes que se sienten acechados por una masa que tiene mínimos rasgos de individualidad-humanidad en sus miradas.

En definitiva, los hombres sobre el ómnibus son totalmente desconocidos, nuestros protagonistas sufren de lo amenazante de las miradas de personas que dejaron de ser individuos para ser partes de una masa idéntica. Nunca se dice si las miradas son amenazantes o no, pero el hecho de que sean miradas en esa situación, el hecho de que todos estén en una situación similar; no hace falta que se diga, está en quien lo lee. La amenaza no son las personas, está presente en algo que hace que la mirada de estos individuos sea indiferente a la mirada de cualquier otro individuo en esa misma situación; no hay personas, sino masa que es igual de peligrosa en potencial, son completos extraños que la ciudad asemeja por unos minutos de sus largas vidas, son extraños que jamás se volverán a ver; ellos no son amenazantes, lo amenazante es aquella circunstancia.

El miedo urbano es eso, cuando nos encerramos en uno de los tantos espacios en que la ciudad nos somete a encontrarnos con los “otros”, a romper con la seguridad de ese mundo homogéneo al que nos acostumbramos, a estar en contacto con esa gente que está pero nunca vemos; esa situación de vulnerabilidad es el miedo, es la inseguridad de estar expuesto a gente que uno no conoce, con la que elegiría no coexistir. Realmente no importan las personas en ese momento, lo que hay es masa, es gente amuchada, no se registra la individualidad y quedan (los individuos) deshumanizados ante aquella situación de exposición, que uno podría calificar como “innecesaria”; es el momento en que uno cuestiona la necesidad de este tipo de vida, lo piensa porque se siente expuesto y se siente expuesto porque lo está, y de forma obligada. Ese es el ómnibus y cualquier otro espacio público.

II. La ciudad imaginaria

“El espacio es público en la medida en que los hombres y las mujeres a los que se les permite la entrada tienen probabilidades de entrar, no son preseleccionados. No se requieren pases ni se registra a quien entra ni a quien sale. La presencia en un espacio público es, pues, anónima y, por consiguiente, es inevitable que quienes estén presentes en ese espacio tiendan a ser extraños entre sí y lo sean también para las personas a cuyo cargo está dicho espacio. Los espacios públicos son lugares en los que los extraños coinciden”. (Bauman, Zaygmunt, Vida Líquida, 2006)

En la ciudad, los espacios públicos son amplios e ineludibles a la vida moderna; al mismo tiempo, se gestan toda una serie de herramientas para construir espacios que restringen la libertad del espacio público, se construye individualidad y así se edifica sobre la limitación, sobre la exclusividad como métodos de construcción de identidad dentro de la ciudad. Ahora, y hace mucho tiempo, la ciudad no es sinónimo de homogeneidad, no se puede pensar la alteridad de los años pasados: campo-ciudad; hoy las condiciones cambiaron mucho y los grandes términos totalizadores han quedado obsoletos ante la alteridad urbana y la alteridad rural. Aquella diferencia entre los otros-nosotros, como construcción humana de la identidad, no escapa al ciudadano y hace, con la realidad material, un entrecruzamiento que le determina un cierto espacio-rol dentro de los mundos que confluyen en una ciudad.

Althusser, influenciado por la psicología de Lacan, consideraba que los sujetos construían su posición imaginaria con respecto a la sociedad, en el contraste entre esa realidad material y el corpus de ideas, creencias y costumbres que constituyen nuestra ideología; esa posición imaginaria es la forma en que nosotros nos reconocemos dentro de la sociedad, es el proceso por el cual nos hacemos parte y configuramos nuestra identidad-posición con respecto a los otros. Retomo este concepto porque me parece que puede ser relacionado con otro concepto que utiliza la ensayista Beatriz Sarlo en La Buenos Aires secreta (La Nación, 2009), allí explica: “dos espacios diferentes pero que se entrecruzan: la ciudad real y la ciudad imaginaria”; por ejemplo, “desde el punto de vista económico, social, de transportes, la ciudad no está separada del conurbano; sin embargo, en términos culturales y de cultura urbana, todavía se puede hablar de Buenos Aires dentro de sus límites históricos”. En esta línea, es muy fácil saber cuál es la realidad material pero está el ítem de la ideología, que a mi entender es el más rico. Allí la autora nos propone una pregunta que debe regir o tomar la impronta a la hora de pensar a ‘la ciudad imaginaria’. Sarlo se pregunta no por lo que Buenos Aires es, sino por lo que Buenos Aires piensa que es y buscan convencer y convencerse de que es.

La posición imaginaria y la ciudad imaginaria son nuestras formas de construir identidad por contraposición a los demás; creamos diferencias esenciales que nos separan de esos ‘otros’, quienes están fuera de nuestra individualidad, forman parte de una gran masa que es esa calificación de “los otros”. No digo masa gratuitamente, porque esa masa es la que aterra al individuo, lo obliga a asentarse sobre sus propias ideas de identidad y a construir relaciones de alteridad marcadas por el miedo, aquel miedo urbano que Cortázar hacía implícito en las miradas que invadían la vulnerable posición del individuo dentro del espacio público.

III. Ghettos, manifestación del miedo urbano

Imagen tomada de la sección de humor del diario Página 12.

La “arquitectura del miedo”, dice Graciela Speranza en el dossier del 2º Encuentro Internacional de Pensamiento Urbano (Buenos Aires, 2006), en referencia a los nuevos límites, difíciles de demarcar, de las ciudades; asegura que con los años se han perdido los límites clásicos de las ciudades, así “las metrópolis del Sur global ya no se extienden hasta abrirse al cielo abierto del campo, sino que desbordan hacia espacios de límites difusos en los que la pobreza urbana se confunde con la desolación semirural”. Es, entonces, la ‘arquitectura del miedo’ una respuesta de los individuos a la diferenciación dentro de los difusos-inseguros límites de una ciudad de masas; el individuo construye una identidad en base al temor de la masa, y por voluntad de remarcar los límites donde empieza lo propio y termina lo ajeno. Si bien Speranza hacía hincapié en la alteridad por desigualdad socioeconómica, yo intento pensar ese modo de construcción como algo que escapa a las diferencias materiales y que puede estar, muchas veces, más asociado a las posiciones imaginarias, aunque ellas tengan alguna determinación o correlación innegable con la realidad material.

La perspectiva de la imagen que abre este apartado no es inocente, sino que expresa una visión satírica de esos espacios imaginarios que crea la ciudad, que crean los individuos cuando construyen su identidad común en base a esa idea que dicen y repiten para convencer y convencerse de aquello. Es el límite barrial uno de los tantos límites urbanos, que se constituyen como tales bajo la concepción imaginaria de una posición basada fuertemente en una construcción socioeconómica que, durante años, se mantiene en la cotización inmobiliaria. Más allá de toda cuestión socioeconómica, a partir de entonces se crean vinculaciones o posiciones socioculturales y con ello una ‘identidad barrial’ que, usualmente, no difiere de las otras identidades barriales más que por aquellas pequeñas afirmaciones que se dicen y repiten para convencer y convencernos de esa identidad.

Los ghettos son los lugares que construimos para refugiarnos de los otros, en la búsqueda de la homogeneidad social, cultural, religiosa; por seguridad, estabilidad, etc. son espacios imaginarios, o no tanto, en los cuales nos resguardamos de las diferencias para evitar el temor de la convivencia con extraños. En todo este razonamiento hay dos cosas que saltan a la luz, cual contradicciones. Podríamos pensar que (a) ¿acaso no son extraños quienes viven dentro de nuestro o nuestros ghettos también?, (b) ¿la búsqueda de la homogenización social por miedo a la masa, no es una contradicción? Con respecto a (a) diría que hay una confianza plena en que el ghetto cumplirá su rol de excluir, más aún en las nuevas modalidades súper eficientes como los country o las torre-country. Con respecto a (b) diría que, efectivamente, hay una contradicción importante pero que representa un poco la contradicción misma de los hombres. Claude Lévi-Strauss, cuando hizo la defensa de la diversidad cultural, lo hizo pensando en la tendencia a la homogenización, más concibiendo la escala de los contactos culturales del último siglo que además de generar coaliciones culturales que daban dinámica al proceso cultural, ponen en peligro la diversidad; si bien el pánico a la masa sería el pánico a la homogenización, el hombre tiende a los ghettos evitando la homogenización con aquellos a quienes les asignamos un rol de diferentes, a quienes ponemos en la posición imaginaria de ser la alteridad y de quienes convencemos y nos convencemos de diferenciar.

IV. Conclusiones

Buenos Aires no es ajena a este modo de construcción de la diferencia, en la ciudad se pueden recorrer ghettos de todo tipo. En el artículo ya mencionado de Beatriz Sarlo, ella hace una reconstrucción de esa ciudad imaginaria (entrecruzada con la real) en apartados que podrían ser titulados al modo que ella tituló “la ciudad de los pobres”; así podrían existir “la ciudad de los extranjeros”, y “la ciudad de los ricos”; en el fondo es ese el objetivo de Sarlo, remarcar la existencia de espacios imaginarios bien diferenciados dentro de una realidad única que es la ciudad real, que es el espacio público, porque a pesar de todo, la ciudad de Buenos Aires tiene un inmenso espacio público aunque, sí, reproduce la lógica privada excluyente. Esta construcción del espacio no queda renegada al mundo de lo imaginario. Basta hacer un mínimo recorrido por la ciudad para saber que hay lugares a los que uno no puede entrar por ‘no ser del lugar’; no soy la primera persona a la que le han pedido DNI por “merodear” la zona de Barrio Parque, tampoco nos es ajeno cómo se necesita de “alguien” para entrar a ciertos micro-barrios o “villas” de la ciudad.

Lo que puede haberse iniciado de forma imaginaria, hoy, cuenta con barreras bien reales para ‘proteger’ esa homogeneidad, desde los límites en el mercado inmobiliario hasta resistencias por vecinos y comerciantes; ¿o nadie recuerda el desalojo al comedor comunitario de Raúl Castells en Puerto Madero?, por no decir tantos otros que hay diariamente en la ciudad.

Ese camino a las homogenizaciones de ‘pequeñas comunidades’ es el peligro de una ciudad sin espacios públicos, es también una luz de alarma sobre las razones socioculturales que degradan el espacio público y reducen la vida urbana a esas comunidades de iguales. Salta a la vista que no existe una identidad común; las divergencias son tan grandes en el ámbito real que repercuten de forma contrastante contra todo el esfuerzo de comunicación para inducir una identidad nacional.

A medida que la alteridad es mayor, las posiciones imaginarias individuales tienden a refugiarse en la homogeneidad y así contribuyen a una desintegración social, que hoy está presenciándose en el ámbito constitutivo de una sociedad que es el lenguaje. Cuando hablamos de diferencias de lenguaje, hablamos de diferencias en las formas en que se les asigna significado a las cosas, en que se relacionan entre ellas y el modo en que construimos las ideas; hablar de diferencia de lenguaje es hablar de diferencias de sociedad, y este proceso es tan fuerte que se opone a todo un esfuerzo de los medios de comunicación a forzar una identidad única; a ello le escapa la gente, porque no puede ignorar las desigualdades.

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4 comentarios to 'Ensayo sobre la individualidad y la alteridad en la ciudad'

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  1. Gastón said,

    Masas finas, masas secas: no importa cómo sean, todos se las quieren comer!
    Me gustó mucho el ensayo. Tal vez cursemos juntos Taller 2!
    Un abrazo, Gastón.

    • Federico Esswein said,

      Estaría bueno…
      saludos,

  2. Abril said,

    grande lilito, siempre tan original y precisooo!!
    compañero mio tenias que ser che! jajajajaja
    besoooo

    • Federico Esswein said,

      Ya vamos a intentar seguir cursando juntos también!!
      saludos,


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